
Su teoría consistía en que paseando por ahí, sin hacer nada, adoptando de forma correcta las maneras del
insouciantpero manteniendo todo el rato los ojos abiertos, uno podía adueñarse de los secretos de la vida. Se podía recolectar todo el
aperçusdel
flâneur. Asimismo nos gustaba haraganear al tiempo que observábamos cómo la gente se cansaba trabajando. íbamos a las callejuelas que dan a Fleet Street para ver descargar los enormes paquetes de periódicos. Rondábamos mercados y tribunales, merodeábamos por la entrada de las tabernas y las lencerías. Visitábamos San Pablo armados con los prismáticos, aparentemente para examinar los frescos mosaicos de la cúpula, pero en realidad para mirar a los que rezaban. Buscábamos prostitutas -la única otra clase de Callejeo Provechoso que existía, pensábamos con sarcasmo-, que, en aquellos días, eran todavía fácilmente identificables por una delicada cadena de oro que llevaban alrededor de uno de los tobillos. Nos preguntábamos el uno al otro:
– ¿Crees que ahora está ejerciendo el oficio?
No hacíamos sino observar, aunque una tarde húmeda y neblinosa Toni fue asaltado por una puta miope (o desesperada).
A la fórmula profesional con que ella lo abordó, "¿Te vienes conmigo, guapo?", él respondió con mucho desparpajo, pero voz un poco aflautada:
– Depende de lo que me pagues…
Y pretendió haberla epatado.
– No vale.
– ¿Por qué?
– No se puede épater la Bohème. Es ridículo.
– ¿Por qué no? Las putas son parte integral de la vida burguesa. Recuerda a tu querido Maupassant. Son como los perros, siguen a sus amos: las putas adoptan las mezquindades y represiones de sus clientes.
– Eso es una falsa analogía. Los clientes son los perros, las putas los amos…
– No importa mientras admitas el principio de mutua influencia…