
Entonces nos dimos cuenta de que no habíamos observado la reacción de esa golfa, que había desaparecido hacía ya rato. Si el chiste le había gustado, no era un épat.
Este tipo de contactos, sin embargo, no nos compensaba demasiado. Preferíamos no hablar con la gente para no entorpecer la observación. Si nos hubiesen preguntado qué buscábamos exactamente, habríamos respondido con toda probabilidad, la musique savante de la ville de la que hablaba Rimbaud. Queríamos descubrir ambientes, cosas, gentes, como si estuviésemos rellenando un cuaderno de pasatiempos. Pero nuestro libro aún no había sido escrito, porque sólo cuando veíamos lo que veíamos, sabíamos que lo buscábamos. Algunas cosas eran ideales e inalcanzables -como caminar bajo una luz de gas espectral cruzando húmedas calles empedradas y escuchando el llanto distante de un organillo-, pero perseguíamos ansiosamente lo original, lo pintoresco, lo auténtico.
Buscábamos emociones. Las terminales ferroviarias nos proporcionaban despedidas bañadas en llanto y torpes reencuentros. Eso era fácil. Las iglesias nos ofrecían las vividas decepciones de la fe, aunque teníamos que proceder con sumo cuidado a la hora de la observación. En los aledaños de Harley Street, una calle atestada de dispensarios médicos, creíamos descubrir la cobardía del hombre ante la muerte. Y la National Gallery, nuestro coto más frecuentado, nos daba ejemplos de puro placer estético (aunque, para ser sincero, no tan frecuentes, tan puros o tan sensibles como esperábamos al principio). Con escandalosa frecuencia, pensábamos, la escena habría sido más apropiada para las estaciones de Waterloo o Victoria: la gente saludaba a Monet, Seurat y Goya como si estos acabasen de descender del tren: «¡Hombre, qué sorpresa tan agradable! Sabía que estarías aquí, claro, pero es una bonita sorpresa de todas formas. Y se te ve estupendamente. No has envejecido nada. Nada en absoluto…».
