La razón para visitar el museo tan a menudo era bien clara. Pensábamos -realmente, ninguno de nuestros amigos se habría atrevido, en su sano juicio, a discutirlo- que el Arte era lo más importante del mundo, la constante a la cual uno podía entregarse incansablemente sin temor a no hallar recompensa; y, desde luego, lo único capaz de mejorar a aquellos a quienes les era revelado. No sólo hacía a la gente más apta para la amistad o más civilizada (eso lo constatábamos), sino mejor, más amable, sabia, simpática, serena, activa, sensible. Si no fuera así ¿que mérito tendría? ¿Por qué no dedicarse a chupetear helados de cucurucho? Ex hypothesi (como deberíamos de haber dicho), o ex vero, (como dijimos en realidad), cuando alguien comprende una obra de arte está, de algún modo, superándose a sí mismo. Nos parecía razonable que este proceso se pudiera observar.

Para ser francos, después de unos cuantos miércoles en el museo nos sentíamos un poco como aquellos médicos dieciochescos que rastreaban minuciosamente los campos de batalla, para diseccionar cadáveres frescos en busca del habitáculo del alma. Algunos, incluso, creían lograr resultados positivos. Y se había dado el caso de aquel doctor sueco que pesaba a sus pacientes terminales, con la cama del hospital y todo, justo antes y después de la muerte. Veintiún gramos, aparentemente, conformaban la diferencia vital. No es que esperásemos cambios de peso en el museo, pero creíamos merecer algo. Tiene que ser posible notar algo. Y, a veces, se notaba. Pero en la mayoría de los casos nos descubríamos advirtiendo reacciones extrínsecas. Poseíamos ya un aburridísimo archivo de acopiadores de firmas, escarnecedores de escuelas, entusiastas de marcos, quejicas del color, inservibles de la restauración, y acotadores apiñados al azar. Había que saberse la pose burlona de la mano en la barbilla; la actitud defensiva y masculina de las manos en las caderas; la posición ojos-leyendo-folleto-informativo; la vista cansada que se hacía evidente en la sala número XII, más o menos, y que presagiaba un trote ligero en la XIV. A veces nos preguntábamos si nosotros mismos nos enterábamos de algo.



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