Eventualmente, y de mala gana, nos veíamos obligados a examinarnos el uno al otro. Lo hacíamos en casa de Toni con una serie de condiciones que juzgábamos de laboratorio. Eso quería decir que, si se trataba de pintura, nos tapábamos los oídos; si de música, nos vendábamos los ojos con un calcetín de rugby. Al sujeto del experimento se lo exponía durante cinco minutos, por ejemplo, a la Catedral de Rouen de Monet o al scherzo del Concierto para piano n.° 2, de Brahms. Después, se consideraba su reacción. Fruncía los labios como un catador de vinos y hacía una pausa para reflexionar. Había que prescindir, sobre todo, de cualquier método de análisis que, por su forma y contenido, tuviera algo que ver con las pamplinas aprendidas en el colegio. Buscábamos algo más sencillo, auténtico, profundo y elemental. Algo así como ¿qué has notado? y ¿qué cambios se producirían de continuar con la misma disposición de ánimo?

Toni siempre respondía con los ojos cerrados, incluso después de ver un cuadro. Fruncía la frente hasta juntar las cejas, dejaba fluir por la boca con extrema lentitud un «Mmmmmmmmmm» durante un rato, y luego soltaba:

– Tensión en la piel, principalmente en brazos y piernas. Cosquilleo en los muslos. Optimismo general. Sí, creo que era esto. Ganas de llenar el tórax. Confianza en mí mismo. Pero sin presunción. Más bien una sólida bienaventuranza. Por lo menos, como dispuesto a un epat amistoso.

Yo anotaba todo esto en nuestro libro capital, en la página de la derecha. En la izquierda ya estaba escrita la fuente de inspiración: «Glinka, Ov. Reiner / Ruskan & Ludmilla / Orq. Sinf. Chicago / RCA Victrola; 9-12-63.»

Todo formaba parte de nuestro deseo de ayudar al mundo a entenderse a sí mismo.



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