Aquí se detuvo. Pasamos junto al patio vacío de un colegio; un tiovivo adornado con la colada puesta a secar; el reflejo de un parabrisas.

– Pero no llegaron ni a construir los enlaces para las afueras.

No cabía duda, era un cabrón elegiaco. Me habló de los salarios de los obreros y de las instalaciones eléctricas; de Lord's Station, estación que se cerró al comenzar la guerra, de alguien llamado Sir Edward Watkin y un complicado plan suyo; algún mierda ambicioso que, sin duda, no hubiera sabido distinguir un Tissot de un Tiziano.

– No era sólo ambición. También fe. Fe «en» la ambición… Hoy en día…

Advirtió el gesto involuntario de desprecio que me cruzaba el rostro cada vez que pronunciaba las últimas palabras.

– No te mofes de los Victorianos, chico -dijo severamente. De pronto, me pareció que se estaba poniendo otra vez desagradable. Quizá fuese un violador. Quizá notara que era más listo que él-. Mira lo que se ha hecho después.

¿Cómo? ¿Mofarme yo de los Victorianos? ¡No tenía otra cosa que hacer! Cuando ya me había mofado de los imbéciles, los directores de colegio, los profesores, los padres, mi hermana y mi hermano, la tercera división regional de fútbol, Moliere, Dios, la burguesía y la gente corriente, no me quedaban fuerzas más que para esbozar una triste mueca dedicada a la historia. Miré al desgraciado maricón intentando poner cara de profunda indignación moral; pero no era esa mi expresión más lograda.

– Verás, no se trata tan sólo de la gente que hizo construir y dirigió el ferrocarril. Eran también todos los demás. Quizá no te interese -(Dios, era capaz de seguir enrollándose)-, pero cuando se inauguró el primer tren de Baker Street a Farringdon Street, los pasajeros devoraron, en diez minutos exactos, todo lo que había en el buffet del restaurante de Farringdon Street. -(Quizá tuvieran hambre porque estaban asustados.)- Diez minutos exactos. Como una plaga de langostas.



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