
Ahora parecía hablar consigo mismo, pero pensé que era más seguro colarle otra pregunta, sólo para seguir a salvo.
– ¿Fue entonces cuando se le dio el nombre de Metrolandia? -pregunté, sin estar seguro de a cuándo me refería, pero esforzándome por ocultar mi desprecio.
– ¿Metrolandia? Qué disparate. -Me dedicó su atención otra vez-. Eso fue el principio del fin. No, eso fue mucho más tarde, durante la Primera Gran Guerra. Todo fue para contentar a las inmobiliarias. Para que sonara más acogedora. Casas acogedoras para héroes acogedores. A veinticinco minutos de Baker Street y una pensión al final de la línea -dijo inesperadamente-. Hizo que se convirtiese en lo que es ahora, una ciudad dormitorio para burgueses.
Fue como si alguien arrojase una bolsa repleta de cubertería dentro de mi cabeza. Eh. Dios mío. Tú no puedes decir esto. No está permitido. Mírate a ti mismo. Yo puedo llamarte burgués a ti; bueno, eso creo, al menos. Tú no puedes. No es… ¡vaya!… Quiero decir que va contra todas las reglas conocidas. Es como un profesor que admite conocer su propio mote. Era… bueno, supongo que sólo podía contestarle con una respuesta no convencional.
– Entonces, ¿usted no es un burgués?
Repasé mentalmente sus ropas, su manera de hablar, su maletín.
– Ja. Claro que lo soy -dijo con ligereza, casi amablemente.
Su tono me devolvió la seguridad; pero sus palabras continuaban siendo un rompecabezas.
6. Tierra arrasada
