Toni y yo nos empeñábamos con todo ahínco en evitar cualquier posible influencia en nuestra educación. Después de una estudiada sesión de Bruckner («Disminución del pulso; vago estirón dentro del pecho; movimientos ocasionales de los hombros, temblequeo de los pies. ¿Salir y pegarle a un marica? Bruckner, 4.a Sinf. / Orq. Philh / Columbia / Klemperer»), o cuando estábamos demasiado cansados para un ligero épat, volvíamos a menudo al mismo tema.

– Una cosa es segura sobre los padres. Te joden.

¿Crees que lo hacen a propósito?

Puede que no. Pero lo hacen.

Sí, pero no tienen la culpa.

– Quieres decir como en Zola… porque sus padres los jodieron a su vez.

– Buena observación. Pero hay que echarles algo de culpa. Al menos, por no darse cuenta de que a ellos los jodieron y por continuar jodiéndonos a nosotros.

– Ah, claro, no estoy sugiriendo que no debamos castigarlos.

– Ya me estabas preocupando.

Todas las mañanas, a la hora del desayuno, miraba incrédulamente a mi familia. Para empezar, todos estaban allí todavía; esa era la primera sorpresa. ¿Por qué no se habían escapado durante la noche, incapaces ya de soportar las heridas que les infligía la vacuidad que yo adivinaba en sus vidas? ¿Por qué seguían sentados en el mismo sitio que el día anterior, dando la impresión de estar perfectamente satisfechos con la idea de volver a estar allí dentro de otras veinticuatro horas?

Delante de mí se sentaba mi hermano mayor, Nigel, mirando por encima de sus tostadas una revista de ciencia-ficción. (Quizá era así como controlaba su angustia existencial: escapándose a Nuevas Galaxias, Nuevos Mundos y Realidades Asombrosas. No es que yo le hubiera preguntado alguna vez si sufría angustia existencial; la verdad, prefería que no la hubiera sentido… estas cosas pueden ponerse de moda.) A su lado, mi hermana Mary también miraba por encima de su desayuno, para leer las etiquetas de la pimienta y la sal.



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