No es que no estuviese totalmente despierta aún: a la hora de la cena leía las inscripciones de cuchillos y tenedores. Algún día obtendría un título de experta en las partes posteriores de los paquetes de cereales. Tenía trece años y no hablaba mucho. Yo pensaba que se parecía más a Nigel que a mí: ambos tenían rostros suaves, de rasgos poco marcados, que no mostraban resentimiento alguno.

A mi derecha, mi padre tenía el Times abierto en la página de las cotizaciones de bolsa, e iba murmurando algo mientras las leía. Tampoco se parecía a mí. Para empezar era calvo. Supongo que era cierto que la forma de su mandíbula tenía un aire a la mía, pero, sin duda alguna, él no poseía mis ojos profundos e interrogadores. De vez en cuando le dirigía a mi madre una deferente pregunta sobre el jardín. Ella se sentaba a mi izquierda, traía el desayuno, respondía a todas las preguntas y no nos dejaba en paz con su dulzura durante el larga y silenciosa comida. Tampoco me parecía a ella. Algunas personas decían que yo tenía sus mismos ojos; aunque así fuera, no teníamos nada más en común.

¿Cómo podía estar emparentado con ellos? ¿Y cómo podía yo no señalar esas diferencias obvias?

– Mamá, ¿soy un hijo ilegítimo? -(Tono de conversación normal.)

Oí un ligero crujido de papeles a mi izquierda. Mis dos hermanos continuaron leyendo.

– No, querido. ¿Tienes ya el bocadillo?

– Sí. ¿Estás segura de que no hay ninguna posibilidad de que sea ilegítimo?

Levanté la mano señalando a Nigel y a Mary a modo de explicación. Mi padre se aclaró la garganta silenciosamente.

– Al colegio, Christopher.

Bueno, podían estar mintiéndome.

La paternidad, para Toni y para mí, era un delito de rigurosa responsabilidad. No existía la necesidad de mens rea, sólo el actus reus del nacimiento.



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