La sentencia que pronunciábamos, después de considerar una a una todas las circunstancias en relación con el caso y la extracción social de los ofensores, era la de libertad condicional perpetua. En cuanto a nosotros, las víctimas, los malaimés, nos dábamos cuenta de que una existencia independiente sólo podía lograrse evitando estrictamente toda influencia educativa. Camus se desmadró con su Aujourd'hui Maman est morte. Ou peutêtre hier. «Desmadrarse», como decíamos nosotros, saboreando el juego de palabras, era el deber de todo adolescente que se respetase a sí mismo.

Pero resultaba más difícil de lo que imaginábamos. Había, según averiguamos, dos estadios diferenciados. Primero venía Tierra Arrasada; rechazo sistemático, deliberada contradicción, un definitivo y anárquico barrido total. Después de todo, formábamos parte de la generación de los Jóvenes Airados.

¿Te das cuenta -le dije a Toni una vez a la hora de comer, mientras callejeábamos sin ton ni son por la zona de recreo de los mayores- de que formamos parte de la generación de los Jóvenes Airados?

Sí, y me da cien patadas en la boca del estómago. -Se le cruzaron los ojos como siempre que algo le disgustaba.

¿Y que cuando seamos viejos y tengamos… sobrinas o sobrinos, nos preguntarán qué hicimos durante la Gran Ira?

– Bueno, estamos metidos en ella, ¿no?

– ¿Pero no te parece contradictorio estar leyendo a Osborne en el colegio con el carcamal de Runcaster? O sea, ¿no crees que se está poniendo en marcha una especie de institucionalización?

– ¿Qué quieres decir?

– Bueno, que decapitan la revuelta de la intelligentsia intentando institucionalizarla.

– ¿Y…?

– Pues acaba de ocurrírseme que tal vez lo mejor sea la autosatisfacción.

– La escolástica. -Toni sonrió aliviado-. Eres un ángel.

El problema era que a Toni le resultaba mucho más cómodo ser un Joven Airado.



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