
– ¿Habéis tenido buen viaje?
– Lo normal, Arthur -contestaba mi padre, subiendo el cristal de la ventanilla-. En Four Roads había retenciones, pero supongo que era de esperar.
– Sí, ese incordio de choferes domingueros. ¡Oh!, perdona mi francés -Arthur pretendía acabar de verme salir del coche-. ¿Y qué tal estás tú? Ya veo que has traído algo para leer.- Era una pequeña edición de bolsillo del Dictionnaire des Idées Reçues de Flaubert.
– Sí, tío, ya sabía que no te importaría -(contestaba yo con una mirada de reojo a mi madre).
– Claro que no, claro que no. Aunque necesito que me eches una mano.
Ajá.
Melodramáticamente, Arthur se toco la espalda con sus gruesos dedos y se enderezó. Entonces empezó a sobar el tejido de punto de su rebeca como si fueran las fibras de sus músculos entumecidos.
– Esta espalda tan desastrosa que tengo no ha dejado de dolerme. Ven y verás. Los demás podéis ir entrando -(Nigel siempre se salvaba de faenas como esta gracias a una difusa dolencia pectoral; Mary porque era una niña; mis padres porque eran padres).
A pesar de todo, yo admiraba al muy cabrón. Si la espalda le daba guerra sería porque el cojín de alguna butaca le estaría resultando incómodo. Sabía hacer cosas mejores que ponerse a cavar el domingo justo después de comer. Leer durante media hora la página de espectáculos del Sunday Express era el mayor esfuerzo que había hecho. Pero todo formaba parte de una complicada venganza contra mí en la que Arthur persistía año tras año. Un domingo, cuando yo todavía era un inocente, nos vino con el cuento de que se había caído extenuado en el jardín. Mientras aburría a mi padre hablándole de hortalizas, yo me metí de prisa en el salón para comprobar con la mano la temperatura de su asiento. Tal como me imaginaba, estaba tan caliente como la mierda reciente de una gallina. Cuando los demás entraron en la habitación, solté con toda naturalidad:
