
– Tío, no puedes haber estado cavando como dices; tu butaca todavía está caliente.
El me miró de arriba a abajo con una mirada de esas que no perdonan y, entonces, con una energía inusitada para alguien que hubiese estado cogiendo coles, se precipitó afuera.
– Ferdinand -le oímos gritar-, Ferdinand. ¡¡FERDINAND!!
En el recibidor se oyeron las pisadas amortiguadas de unas patas solícitas, el gorgoteo de una boca babeante y el ruido seco de una zapatilla golpeando a un perro labrador.
– Y que no te pesque otra vez en mi butaca.
Desde entonces, Arthur siempre me tenía reservado un pequeño pero desagradable trabajo, como darle vueltas a un inaccesible tornillo para dejar salir el aceite gastado de su coche («Ve con cuidado de no mancharte»), arrancar matojos de ortigas («Siento no tener unos guantes mejores, la verdad es que estos tienen bastantes agujeros») o tener que ir corriendo a echar una carta antes de la hora de recogida («Tienes que ir de prisa si quieres llegar a tiempo. ¿Sabes qué? Te voy a cronometrar.» Eso fue un error: me salí con la mía andando tranquilamente, para llegar tarde, y volví corriendo). Esta vez se trataba de un jodido tronco enorme. Arthur había empezado a cavar una zanja muy poco profunda a su alrededor, luego cortó unas cuantas raíces sin importancia y, deliberadamente, cubrió con un poco de tierra una raíz enorme, gruesa como una pierna.
– No creo que tengas problemas. A menos que te encuentres con una raíz central muy gorda, claro.
– Bueno, está la que tú has tapado un poco, ¿no? -dije yo. Cuando estábamos juntos y a solas hablábamos bastante claro. A mí me gustaba él.
– ¿Tapado? ¿Qué quieres decir? ¿Eso? ¿Hay una raíz allí debajo? Vaya, vaya. Quién se iba a imaginar que un tronquito como este tuviera tantas raíces, ¿no? De todas formas, estoy seguro de que un jovencito intelectual como tú será capaz de arreglárselas para arrancarlo todo. A propósito, el pico se sale del mango cada dos por tres. Nos veremos a la hora del té. Empieza a hacer demasiado frío para mí.
