
Y se largó.
Se me ocurrieron varias formas de demostrar mi incompetencia. Podría llenar-todo-el-lugar-de-tierra (por ejemplo, encima de las lechugas), en-un-arranque-de-entusiasmo. Podría romper-las-herramientas, aunque esto supondría problemas con mi padre. La mejor idea que se me ocurrió -aunque la tuve que abandonar, dado que no pude encontrar una sierra- fue cortar el tronco a nivel de tierra y taparlo otra vez («Oh, lo siento tío, no me dijiste que querías que cavase toda la zona. Pensaba que sólo querías evitar tropezar con él en la oscuridad»).
Finalmente, transigiendo un poco, me decidí por tácticas para ganar tiempo. Cavé un amplio círculo de un radio aproximado de un par de metros alrededor del tronco, al tiempo que cortaba, aquí y allá, algunas ramitas sin importancia, pero sin llegar a amenazar ni remotamente la solidez de la cosa. Trabajé, o hice ver que trabajaba, con el empeño de un maníaco, ignorando que ya eran las cuatro, hasta que finalmente mi tío salió al jardín otra vez.
– No cojas frío -le grité mientras se aproximaba-; si no estás trabajando aquí afuera hace un frío que pela.
– Sólo vengo a ver si ya has terminado. ¡Cristo Todopoderoso, qué coño estás haciendo, animal! -Por entonces había cavado ya una zanja muy ancha y profunda alrededor del tronco.
– Acabando con él, tío -expliqué con tono profesional-. Después de lo que dijiste de la raíz principal, pensé que sería mejor empezar cavando a su alrededor en un radio muy grande y bien hondo. Ya he arrancado todo esto -dije con orgullo, señalando un minúsculo montón de raicillas.
– Vaya Ruskin de mierda estás tú hecho -me gritó mi tío-, condenado intelectual de tres al cuarto. No sabrías ni hacer la o con un canuto ¿eh?
