– ¿Está listo el té? -pregunté educadamente.

Después de tomar el té, tiempo que yo pasaba esperando que las galletas de jengibre con nueces que Arthur empapaba en exceso se derramasen sobre su rebeca, iba siempre al garaje para hojear, tranquilamente, lo que yo llamaba material de erección. En aquella época, no sólo soñabas con el sexo durante todo el día; también se te ponía tiesa a la más ligera provocación. A menudo, yendo al colegio, tenía que ponerme la maleta delante de las piernas y conjugar, frenéticamente y para mí, algún verbo latino, intentando aplacar el tumor mientras cruzaba Baker Street. Pequeños anuncios de corsetería para señora, historias apócrifas de circos romanos e, incluso, por el amor de Dios, las Demoiselles d'Avignon: todo funcionaba. Todo me obligaba a tener la mano en el bolsillo del pantalón para hacer reajustes.

La atracción principal del garaje de Arthur eran los montones, perfectamente ordenados y atados, de números atrasados del Daily Express. Arthur Lo Ahorraba Todo. Supongo que empezó durante la guerra, justificándolo con su habitual lógica indirecta. Probablemente pensaba que conservando los periódicos en paquetes ayudaba, de forma un poco más reposada, a colaborar en la victoria. Yo no me quejaba. Mientras los mayores se sentaban a discutir sobre hipotecas y jardinería y averías de coche, mientras a Nigel y a Mary se les «permitía» lavar las tazas, yo me repantigaba como un pachá en la tumbona del garaje de Arthur con tres docenas de ejemplares del Express. «Así es América» era, en mi opinión de connaisseur, la columna más jugosa, con su habitual historia de sexo. Luego venían las críticas de cine, la página de cotilleos sociales (los adulterios de lujo me calentaban bastante), alguna entrega ocasional de Ian Fleming, y los casos de violación, incesto, exhibicionismo o conducta inmoral.



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