
Entró detrás de ella, se quitó la cazadora y la colgó de una percha junto a la de ella. Bajo la cazadora, Maggie llevaba un jersey rojo de cuello vuelto, vaqueros y calcetines gordos. Ropa cómoda y práctica, pero que no ocultaba sus curvas.
Pero él sólo la observaba para saber si de verdad estaba tan recuperada del accidente como parecía querer demostrar. Se movía con cuidado, y la vio echarse mano inconscientemente a las costillas, como si todavía le doliesen esas magulladuras. De todas formas. Parecía estar bastante mejor… de modo que le resultaba tremendamente fácil dejar vagar la mirada hacia otros puntos de su anatomía que nada tenían que ver con sus motivos altruistas.
Con esfuerzo se obligó a cambiar de objetivo mientras ella sacaba tazas y café.
La casa podía verse de un solo vistazo. La planta baja era toda una sola estancia, con la cocina elevada sobre el resto por dos escalones. Las paredes eran de ladrillo, con un horno de hierro fundido. Teteras de varios colores y tamaños colgaban de un aro de metal que bajaba del techo, y una salsa para espagueti borboteaba sobre el fuego, llenándolo todo con un aroma especiado.
El salón tenía una pared de piedra con la chimenea encastrada en ella; el fuego estaba encendido, y las chispas saltaban y subían por el tiro. Una puerta doble de cristal daba a una terraza con el piso de madera, y proporcionaba una magnífica vista del bosque.
A Maggie debía gustarle el azul, porque las sillas, los sillones y la alfombra eran de ese color. Nada parecía demasiado caro, ni tampoco que hubiera sido buscado para encajar en el mismo tono de azul, sino que daba la impresión de que, simplemente, a su propietaria le gustaba el azul.
– No me importaría que me dijeras que mi casa te parece preciosa -dijo, cuando se volvió hacia él con dos tazas de humeante café-. Es más, herirías mis sentimientos si no lo hicieras.
