
– Es más que preciosa -contestó-. Parece un lugar en el que refugiarse de todo.
– Buen chico -sonrió-. Yo misma la construí. Bueno, más o menos. Yo sola no habría podido ocuparme de colocar la chimenea, ni de poner las ventanas o las acometidas de agua, pero yo la diseñé, hice el trabajo de la piedra e incluso del techo, así que creo que puedo atribuirme parte del mérito.
– Estoy impresionado. En serio.
– Bueno, la verdad es que estuve a punto de partirme el cuello haciendo el techo… Intentaba pasar por superwoman cuando en realidad debería haber pedido ayuda. Pero esa es otra historia… -tomó un sorbo de su taza azul papagayo-. Ven. Te enseñaré el resto. No es que haya mucho. Arriba hay un dormitorio, mi despacho y un trastero.
El trastero combinaba la zona de lavado con la de almacenaje de equipo deportivo. Debía ser una experimentada esquiadora y escaladora, a juzgar por la solidez del equipo, y tenía una selección de herramientas que haría babear a cualquier hombre. Como contraste, su despacho era absolutamente femenino. Un ordenador de última generación rodeado de velas perfumadas, bolas de popurrí, una lámpara con una pantalla de encaje, plantas y fotografías compitiendo por espacio.
– ¿Trabajas desde aquí?
– Sí. Preparo documentaciones técnicas para Mytron. Confecciono catálogos y manuales de sus productos, y de vez en cuando, una vez al mes más o menos, voy a Boulder para reuniones y cosas así. Para el resto del trabajo lo único que necesito es un teléfono, un fax y un módem. Y en cuanto al dormitorio… bueno, te lo enseño si prometes taparte los ojos.
El se echó a reír.
– Confía en mí, ya he visto muchos desórdenes.
– Ya. Eso también lo he oído yo otras veces. Me refiero a un verdadero desorden. Hasta mi hermana se avergüenza.
Una escalera los condujo al piso superior. La habitación sólo tenía dos paredes. La tercera era una barandilla a media altura desde la que se veía el salón. Y el desorden era tal que Andy tuvo la certeza de que ningún hombre había estado durmiendo allí recientemente.
