
La vio esconder rápidamente un sujetador y algo rosa bajo la cama, pero aquel desorden revelaba algo más, a pesar de lo que intentaba aparentar, había pasado malas noches desde el accidente. La cama estaba completamente deshecha, como si hubiese tenido pesadillas.
Había un enorme tragaluz en el techo y una alfombra oriental en el suelo que debía cubrir casi hasta el tobillo al andar por ella, pero era difícil asegurarlo teniendo en cuenta el número de libros, prendas y papeles que abarrotaban el suelo. El baño era lo bastante grande como para tener una bañera cuadrada y un tocador. Su aroma lo perfumaba todo, un aroma suave, no dulzón; no era un perfume que pudiese identificar pero sí singular y evocador. Como ella.
– ¿Cuánto tiempo llevas viviendo aquí?
– Casi cuatro años. Crecí en Colorado Springs, y empecé a trabajar para Mytron después de graduarme. Me gusta mucho vivir en el campo, y mi hermana vivía aquí. Después, cuando a mi cuñado le diagnosticaron el cáncer… bueno, ella es toda la familia que tengo y necesitaban ayuda. Me costó un poco convencer a Mytron de que podía hacer el trabajo desde aquí, pero cuando lo conseguí, empecé a buscar un terreno en el que construir una casa. Esta zona me encantó.
– Yo he nacido aquí, y también me encanta. Creo que me he hecho adicto a estas montañas, y no puedo imaginarme viviendo en otro sitio, en uno de esos en el que los edificios te rodean por todas partes -mientras bajaban, Andy reparó en la ligera cojera de su pierna derecha, hasta que una sombra que se movía en el porche llamó su atención…, al menos, durante un segundo-. Mm… creo que tienes un ciervo en el porche.
– Sí. Horacio. Es un mirón. Suele presentarse a esta hora del día y le gusta mirar por la ventana, además de llevarse siempre un pequeño piscolabis, claro. El otoño pasado se enamoró. Me trajo a Martha al patio para presentármela, pero no he vuelto a verla desde entonces. Supongo que lo suyo ha debido ir mal, así que Horace ha vuelto a venir a mi ventana.
