– Sí, te lo agradecería mucho.

– De acuerdo.

Acercó una silla a la cama, sacó un pequeño cuaderno de notas de un bolsillo y estiró las piernas. Desde luego era un encanto. No Mel Gibson, pero sí un encanto.

No llevaba uniforme; parecía casi como si le hubiesen hecho salir de casa en mitad de la noche. Llevaba una vieja cazadora de cuero que se estiraba sobre una espalda imponente, y tanto los vaqueros negros como el jersey, parecían ser ya viejos amigos suyos. Llevaba el pelo corto y lo tenía negro como el azabache y algo humedecido por la nevada. Debía tener algo de sangre india, a juzgar por el color de su piel y lo marcado de sus pómulos.

Resultaba impresionante, tan impresionante que haría despertar hasta la última hormona femenina de cualquier mujer, pero sus ojos eran otra historia: profundos, oscuros, penetrantes. Si él era la ley, desde luego no la estaba mirando de una forma lo que se dice legal. Aquellos exóticos ojos la estaban mirando con un interés puramente masculino, y Maggie suspiró mentalmente. Era evidente que el accidente la había trastornado, y la hacía imaginar cosas absurdas. Además, tenía cosas más importantes en las que pensar, nada relacionado con hormonas. Pero, aun así, lo primero que le salió de la boca fue un estúpido:

– Debo parecer el trapo viejo que un gato se llevaría a casa para jugar.

El no pasó por alto el comentario, sino que le dedicó una sonrisa picarona.

– Sí, bueno, parece que hay unas cuantas contusiones y quemaduras, pero voy a decirte una cosa: si fuera mi gato quien te hubiera llevado a casa, se ganaría una dieta de atún para el resto de su vida -dijo, y se palpó el bolsillo-. Demonios, he vuelto a perder el bolígrafo. Si compro una docena, pierdo veinticuatro -se levantó de la silla y señalándola con el dedo, dijo-: no te muevas de aquí, ¿vale? Nada de saltar por la ventana hasta que yo vuelva. Voy a quitarle un bolígrafo a Gert. Ya está acostumbrada.



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