
Tardó un minuto escaso en volver, y volvió a acomodarse en la silla libreta en mano.
– Bueno, lo primero que necesito saber es con quién quieres que me ponga en contacto. Hemos encontrado información sobre el seguro de enfermedad en tu bolso, pero nada sobre tu pariente más cercano, y no he encontrado a ningún otro Fletcher en la guía telefónica.
– Mi hermana vive aquí. Joanna Marks. No tenemos el mismo apellido porque ella se casó…, bueno, ahora es viuda -tan sólo mencionar el nombre de su hermana le trajo un recuerdo ominoso e inquietante-. Pero no quiero que la llames. Yo lo haré. Se asustaría mucho si la llamase un policía, y estoy bien…
– Eso dice el médico, pero no van a darte el alta hasta mañana como muy pronto. Además, necesitarás que alguien te lleve a casa y algo de ropa. Y supongo que tu hermana querrá saber qué te ha ocurrido, ¿no?
– Sí, pero es que no quiero preocuparla.
Su hermana se encontraba en un estado muy delicado, pero intentar explicarle a un extraño la situación de su hermana necesitaría de mucha energía. Una energía de la que ella carecía.
– En ese caso, puede que haya alguien más: un marido, un novio…
Hubo un brillo de picardía en sus ojos, y Maggie tuvo la sensación de que la pregunta era algo más que el modo de rellenar el espacio en blanco de un informe.
– No. Amigos sí, por supuesto… pero a estas horas de la noche, no me parece necesario despertar a nadie para darle un susto. Llamaré a mi hermana por la mañana -tragó saliva con dificultad-. En cuanto al accidente, sigo intentando recordar lo ocurrido, pero no lo consigo. Tengo el terrible presentimiento de que fue culpa mía. La enfermera, Gert, cree que no, pero no sé si me estaba diciendo la verdad. Dios mío, espero que no hubiera ningún niño…
