
A menos que Fay se suavizara, lo cual probablemente no ocurriría nunca, no podía hacerse nada, salvo intentar sacar el mayor provecho posible a una situación que Gideon nunca hubiera deseado que padeciera un niño inocente. Ciertamente, no le apetecía decirle al chico que era hijo de otro hombre. Kevin no necesitaba saberlo. En la época de su divorcio, Gideon había consultado a varios psicólogos y todos ellos le habían dicho lo mismo.
El favor que le pedía Daniel tenía un lado positivo. Gideon aceptaría su sugerencia y se llevaría a Kevin a clase los días de visita. Su hijo siempre había sentido curiosidad por su trabajo. Podía hacer los deberes y escuchar al mismo tiempo. Cenarían antes o después de la clase, y harían de aquellas noches algo especial.
Una vez acabara el colegio, a fines de mayo, Kevin pasaría la primera mitad del verano con Gideon. Ese año, irían de vacaciones a Alaska un par de semanas, a pescar salmones con Max y su mujer, Gaby.
Tras su boda, Max había dejado el FBI y ahora era detective en la misma brigada del departamento de policía de San Diego a la que pertenecía Gideon. Era un poco como en los viejos tiempos, cuando ambos eran polis novatos en Nueva York. Solo que ahora era mucho mejor, porque aquellos sombríos días de dolor y mentiras habían quedado atrás.
Kevin, afortunadamente, adoraba a Max. Y también adoraba a Gaby, que esperaba un hijo para agosto. El chico ya se había ofrecido a hacer de niñera. De momento, la felicidad de Kevin era lo único que le importaba a Gideon.
