
A Gideon no le parecía suficiente, pero Fay volvió a casarse a los pocos meses del divorcio y, debido a su deseo de que Kevin se encariñara con su padrastro, siempre se había negado a salirse de las estipulaciones impuestas por el tribunal. No queriendo causarle más traumas a su hijo, Gideon aceptó la situación. Creía firmemente que los niños necesitaban a sus madres. Pero Kevin estaba ya en octavo curso y no dejaba de insistir en irse a vivir con Gideon.
A Kevin no le desagradaba su padrastro, pero nunca había desarrollado verdadero afecto por él. El chico quería a su madre, naturalmente, pero ella y su marido eran agentes de bolsa muy ocupados.
Hasta que empezó el segundo ciclo del colegio. Kevin había crecido al cuidado de una serie de niñeras. Luego había tenido una ristra de baby siters. Ese era el problema.
Según el abogado de Gideon, Kevin era ya lo bastante mayor para elegir con cuál de sus progenitores quería vivir. Pero Fay pondría el grito en el cielo si Kevin se mudaba a casa de Gideon. Echaría tanta culpa sobre los hombros de su hijo que acabaría traumatizándolo.
Gideon sabía que, a largo plazo, era preferible dejar las cosas como estaban. Se lo había explicado a Kevin, pero el crío había llorado en silencio y se había aferrado a él, jurando que el día que cumpliera dieciocho años se iría a vivir con su padre.
Eran, en efecto, padre e hijo, aunque el padre biológico de Kevin fuera un poderoso corredor de bolsa de Nueva York que desconocía la existencia del chico.
Fay se estuvo acostando con su jefe a espaldas de Gideon mientras fueron novios. Temiendo confesarle la verdad, hizo pasar al niño por hijo de Gideon. Después de casi cuatro años de matrimonio, se lío con otro corredor de bolsa de San Diego y pidió el divorcio.
Aunque Gideon sabía que su mujer perseguía algo que él parecía no poder darle, nunca pensó que fuera capaz de llegar al extremo de buscarse un amante.
