
– Soy Sheila. ¿Qué desea?
– Hola, Sheila. Soy Heidi. No sabrás por casualidad quién me sustituyó ayer, ¿verdad?
– Sí. Ese seminario que organizaba la junta de distrito nos dejó sin sustitutos, así que varios profesores del colegio te sustituyeron en sus horas libres y dejaron que los chicos hicieran los deberes en clase. ¿Es que hay algún problema?
– No, solo que me ha extrañado que hubieran borrado mi esquema de la pizarra.
– Será seguramente porque acaban de empezar las clases para adultos de la escuela municipal. El señor Johnson se encargó de hacer horario. Ha puesto a alguien en tu aula los miércoles y los viernes de siete a nueve. Espera un segundo, voy a ver de quién se trata… Ah, ya lo tengo. El profesor es un tal Mcfarlane. Según esto, da un curso de iniciación a la criminología -«¿Criminología?». A Heidi le dio un vuelco el corazón-. Si no quieres que esté en tu clase, intentaré cambiarlo de aula.
– ¡No! No, no lo hagas -«por favor, no. Tal vez esta sea la respuesta a mis plegarias»-. No me acordaba de las clases nocturnas.
Todos los profesores debían ceder sus aulas por turnos.
– ¿Seguro que no te importa?
– Segurísimo.
– El señor Johnson dice que, si tenéis alguna queja, le metáis una nota en su buzón y hablará con la persona en cuestión. Se les ha dicho que dejen las aulas como se las encuentran. Si echas algo en falta, haré que te lleven lo que necesites.
– Gracias, Sheila, pero no necesito nada. Solo quería asegurarme de que no había duendes en mi clase.
La otra mujer soltó un bufido poco elegante.
– A veces, los mayores son peor que los críos.
Las dos se echaron a reír, aunque en realidad aquello no tenía mucha gracia.
