Aquella convocatoria afectaba a un tercio de la clase de Heidi. Por desgracia, se le había olvidado por completo. A decir verdad, últimamente se le olvidaban muchas cosas. Desde su charla con Dana el domingo anterior estaba tan apesadumbrada que le resultaba difícil concentrarse o mostrar interés por algo.

Cuando acabaron los anuncios, Heidi dijo:

– Buenos días, chicos. Los que tengáis que iros en el autobús, aún tenéis tiempo de copiar el esquema de la pizarra. Nadie está exento de los deberes de hoy, así que daos prisa.

Sus alumnos rezongaron, pero sabían que hablaba en serio y se pusieron manos a la obra. Mientras escribían, Heidi no dejaba de pensar en su amiga. Por más que intentaba ponerse en su lugar, no lo lograba.

Cuanto más pensaba en ello, más se convencía de que valía la pena asistir al curso nocturno de criminología que se daba en su aula. Al menos sería una forma de empezar, de despejar algunas incógnitas. Heidi ignoraba cuánto tiempo soportaría ver que su amiga se consumía en prisión. Sobre todo, sabiendo que el verdadero asesino seguía suelto.

Seis horas después, cerró la puerta del aula y atravesó los pasillos atestados de gente que llevaban a la secretaría de la escuela municipal. La secretaria de Larry Johnson seguía en su puesto.

– ¿Carol?

La otra mujer levantó la vista y sonrió.

– Hola, forastera. No te veía desde la fiesta de Navidad, cuando ibas con ese estudiante de medicina con el que salías. Oí decir que la cosa iba en serio.

– Sí, yo pensaba que podía ser el hombre de mi vida, pero al final no funcionó.



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