Debió de quejarse en voz alta, porque Carol dijo:

– Ojalá no tuviera que decirte que no. Sin embargo, se me está ocurriendo una idea…

– Creo que es la misma que se me ha ocurrido a mí. Carol, pero no sería justo quedarme rondando por el aula con el pretexto de que tengo mucho que hacer.

– Entonces, habla con él antes de clase. Pregúntale si está dispuesto a admitir a alguien más en su clase. Nunca se sabe.

Sí, decidió. Eso haría.

– Tienes razón. Lo intentaré. Gracias.

Regresó a su aula, borró la pizarra y colocó las sillas en semicírculo para la clase nocturna. Luego se apresuró a volver a casa para cenar y cambiarse con la intención de regresar al colegio. A las seis y cuarto aparcó en el aparcamiento del colegio y volvió a entrar en el edificio a toda prisa. No quería que Mcfarlane supiera que era su aula la que estaba usando, para que no creyera que intentaba presionarlo. Su plan consistía en esperar en el pasillo hasta que apareciera. Entonces le rogaría que la admitiera en su clase. Si le decía que sí, le diría cómo había tenido noticia del curso.

Unas cuantas personas entraron en el edificio delante de ella. Heidi dejó atrás la secretaría y se dirigió con decisión hacia el ala oeste, pero aminoró el paso al ver que la puerta de su aula estaba abierta. Miró su reloj. El señor Mcfarlane llegaba con cuarenta minutos de antelación. Si se había adelantado para preparar su clase, tal vez no querría que lo molestaran.

Tras una leve vacilación, Heidi asomó la cabeza por el quicio de la puerta. Abrió los ojos desmesuradamente al ver a un hombre de facciones ásperas y unos treinta y cinco años escribiendo en el encerado. Debía de medir un metro ochenta cinco o metro noventa y tenía el pelo negro, muy corto y ondulado. Su traje azul marino, conjuntado con una camisa azul cielo, no conseguía disimular su musculatura.



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