Heidi dejó el número de su apartamento y colgó. Se sintió mejor tras hacer la llamada, pero cuando al llegar a San Diego seguía sin tener noticias del señor Cobb, empezó a ponerse frenética. Incapaz de concentrarse, condujo hasta la casa de sus padres, en Mission Bay. Había que tomar decisiones urgentes. La vida de su amiga se marchitaba con cada minuto que pasaba en prisión.


Eran las nueve y diez del jueves por la noche cuando Gideon Poletti se acercó al set de las enfermeras.

– ¿Podría decirme cuál es la habitación de Daniel Mcfarlane?

La enfermera encargada del registro de la planta de oncología del hospital de Santa Ana levantó la vista de un historial.

– Está en el ala oeste, en la 160. Por favor, sea breve. Mañana van a operarlo.

– Eso me han dicho.

Gideon había recibido una llamada de Ellen Mcfarlane mientras estaba rastreando una pista relacionada con un caso de desaparición. Su marido, el antiguo jefe de Gideon, estaba en el hospital con cáncer de próstata.

El año anterior, la jubilación del brillante y sagaz jefe de la brigada de homicidios de San Diego había hecho pasar un mal rato a todos sus compañeros de la policía local. A pesar de que otro detective cualificado y con largos años de servicio a sus espaldas había ocupado la jefatura de la brigada, resultaba imposible reemplazar al viejo jefe Mcfarlane.

Gideon y Daniel siempre habían sido buenos amigos, tanto en el trabajo como fuera de él. Pero desde su jubilación el mayor de los dos se prodigaba poco, y Gideon llevaba varios meses sin verlo.

Siguiendo las flechas que indicaban el camino hacia el ala oeste, Gideon encontró la habitación 160. Ellen estaba junto a la cama de su marido. Daniel parecía tan animoso como siempre, pese a que estaba a punto de someterse a una operación. A diferencia de otros hombres al final de la sesentena, aún conservaba casi todo su pelo negro, finamente entreverado de canas.



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