
– ¡Gideon! -se incorporó en la cama-. Me alegro de que hayas podido venir.
– Vine en cuanto pude -abrazó a Ellen, que se excusó para que pudieran hablar a solas. Gideon estrechó la mano de Daniel y, acercando una silla, se sentó junto a la cama-. Siento lo de tu enfermedad.
– Yo también -el hombre mayor se echó a reír-. Pero el médico dice que es una operación rutinaria y que dentro de nada estaré como nuevo. He decidido creerlo.
– Yo también lo creo, Daniel. Ahora, dime, ¿qué puedo hacer por ti?
Una expresión compungida cruzó la cara de Daniel, algo que Gideon no había visto nunca. Tuvo la impresión de que su amigo iba a pedirle un favor poco habitual.
– Si no puedes o no quieres ayudarme, no tienes más que decirlo. Sería un sacrificio por tu…
– Daniel -lo interrumpió Gideon, que sentía una enorme curiosidad-. ¿De qué se trata?
– Está bien. En cuando me retiré, empezaron a bombardearme con peticiones para que diera conferencias, seminarios, entrevistas y todas esas cosas. Hasta me ofrecieron un puesto en la universidad.
Gideon asintió.
– Me lo imagino.
– Lo rechacé todo porque le había hecho una promesa a mi mujer. Hemos pasado casi todo este año viajando o descansando en nuestra cabaña, en Oregón. Pero hace un par de semanas recibí una llamada de la junta de educación del distrito pidiéndome que diera un curso de criminología en la escuela de adultos municipal. Kathie, mi hija, que es maestra, forma parte de la junta directiva, y fue ella quien lo propuso. Creo que la preocupa que su padre se apoltrone.
– Y seguramente tiene razón.
Daniel sonrió.
– Sí y no. Estoy trabajando en un libro, y la verdad es que me divierte muchísimo. Pero no te mentiré. A veces, hecho en falta la vieja descarga de adrenalina. Pero, en fin, esa no es la cuestión. Acepté dar el curso para complacer a Kathie.
