La primera clase fue anoche. Pero esta mañana el doctor me llamó a casa para darme los resultados de unos análisis que me hice la semana pasada. Me dijo que quería ingresarme enseguida para operarme lo antes posible -Gideon comprendió adónde quería llegar-. La siguiente clase es mañana por la noche. El trimestre de primavera dura seis semanas, y las clases son los miércoles y los viernes por la tarde, de siete a nueve. Si todo va bien, podré dar las últimas seis clases. Pero necesito que alguien me sustituya lo que queda de abril y parte de mayo. Y quiero que esa persona seas tú.

– Yo no soy profesor, Daniel.

– Ni yo -dijo Daniel con una sonrisa-. Lo único que tienes que hacer es fingir que estás investigando un asesinato. Actúa como si estuvieras a cargo de la investigación en la escena del crimen. Cuéntales los pasos que sigues para que sepan qué estás pensando y haciendo. Extiéndete sobre los detalles forenses, porque eso les interesa particularmente, y ¡ya está!

– No, qué va. Yo no soy el legendario Daniel Mcfarlane.

Daniel ignoró su comentario.

– Antes de que digas que no, escúchame, Gideon. Mi hija me ha convertido en una especie de dechado de virtudes, y no lo soy. Sin embargo, conozco a un hombre que sí lo es, y eres tú.

– Venga ya… -dijo Gideon con sorna.

– Es la verdad. El día que dejaste la policía de Nueva York y viniste a San Diego fue un día de suerte para todos nosotros. Desde el principio destacaste entre los demás agentes. En estos años te has distinguido una y otra vez. El modo en que ayudaste a atrapar a esa banda de la mafia rusa el pasado otoño fue realmente impresionante.

– No me atribuyas el mérito a mí, Daniel. Mi amigo Max Calder es quien lo merece.

– Sé que fue una labor de equipo. Pero, gracias a tu trabajo como infiltrado, los peces gordos pensaron en ti para sustituirme. Sin embargo, no les gusta ascender a ese puesto a ningún detective de menos de cuarenta y cinco años.



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