
– Yo no soy profesor, Daniel.
– Ni yo -dijo Daniel con una sonrisa-. Lo único que tienes que hacer es fingir que estás investigando un asesinato. Actúa como si estuvieras a cargo de la investigación en la escena del crimen. Cuéntales los pasos que sigues para que sepan qué estás pensando y haciendo. Extiéndete sobre los detalles forenses, porque eso les interesa particularmente, y ¡ya está!
– No, qué va. Yo no soy el legendario Daniel Mcfarlane.
Daniel ignoró su comentario.
– Antes de que digas que no, escúchame, Gideon. Mi hija me ha convertido en una especie de dechado de virtudes, y no lo soy. Sin embargo, conozco a un hombre que sí lo es, y eres tú.
– Venga ya… -dijo Gideon con sorna.
– Es la verdad. El día que dejaste la policía de Nueva York y viniste a San Diego fue un día de suerte para todos nosotros. Desde el principio destacaste entre los demás agentes. En estos años te has distinguido una y otra vez. El modo en que ayudaste a atrapar a esa banda de la mafia rusa el pasado otoño fue realmente impresionante.
– No me atribuyas el mérito a mí, Daniel. Mi amigo Max Calder es quien lo merece.
– Sé que fue una labor de equipo. Pero, gracias a tu trabajo como infiltrado, los peces gordos pensaron en ti para sustituirme. Sin embargo, no les gusta ascender a ese puesto a ningún detective de menos de cuarenta y cinco años.
