Gideon se había puesto en pie.

– Nunca aceptaría tu antiguo puesto. No solo porque nadie puede estar a tu altura, sino porque Kevin necesita verme con frecuencia. Esa misión especial me costó un año de vida durante el cual apenas pude ver a mi hijo. Kevin está mucho más contento desde que volví al servicio normal.

– Eso es lo mejor de ese curso. Si te toca ver al chico esas noches, puedes llevártelo contigo. Podría hacer los deberes al fondo de la clase.

Gideon dejó escapar un gruñido.

– Eres un viejo zorro, Mcfarlane. Continúa. Todavía te estoy escuchando.

– Les darás clases a diez escritores de novelas de misterio, la mayoría de ellos mujeres.

A Gideon, que llevaba diez años divorciado, no le pasó inadvertido su guiño. Daniel siempre intentaba convencerlo de que volviera a casarse. Pero Gideon tenía sus propias ideas al respecto. La traición de su ex mujer lo había dejado marcado. Descubrir que no era el padre biológico de Kevin cuando Fay le pidió el divorcio había matado algo en su interior. A pesar de que al cabo de un tiempo empezó a salir con mujeres otra vez, de momento estaba satisfecho con su condición de soltero. Su hijo lo era todo para él.

– Varios de esos escritores ya han publicado -le explicó Daniel-. Otros parecen a punto de hacerlo. Kathie cuenta conmigo, así que quiero que me sustituya el mejor detective del cuerpo. ¿Qué me dices?

Gideon no podía decirle que no. Hacía demasiado tiempo que eran amigos y compañeros.

– ¿Sabes qué? -dijo Gideon-. Hablaré con el sargento para ver si puedo librar esas noches. Cuando le diga que me lo has pedido tú, estoy seguro de que no pondrán ningún impedimento. Lo importante es que te pongas bien.

– Gracias, Gideon. El grupo te gustará. Mañana por la noche llevarán sus últimas ideas para una novela de misterio. Les encargué un pequeño trabajo. Tendrán dos minutos para resumir ante sus compañeros el argumento de sus novelas. Les dije que elegiría el que me intrigara más y que empezaríamos a partir de ahí.



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