
– ¿Dónde son las clases?
– En el colegio Mesa, en Mission Beach. Preséntate en el despacho de dirección unos minutos antes de las siete. Larry Johnson lleva las clases para adultos. Él te dará la hoja de asistencia y la llave del aula.
– De acuerdo. Me ocuparé de ello. Ahora será mejor que me vaya. Creo que ya he abusado bastante de tu compañía.
El otro hombre sonrió, agradecido.
– Te debo una. Naturalmente, te pagarán por el curso -suspiró, aliviado-. No sabes cuánto te lo agradezco.
Gideon lo sabía. Aquel curso podía ser una obligación insignificante para cualquier otro, pero Daniel se tomaba sus compromisos muy en serio. Y Gideon también.
Apretó con firmeza el hombro de Daniel.
– Me alegro de poder ayudarte. Cuídate y haz caso al doctor.
Se estrecharon las manos una vez más, y después Gideon abandonó la habitación. La esposa de Daniel estaba esperando en el pasillo.
– No te preocupes, Ellen. Le he dicho que me encargaré del curso hasta que se reponga.
– Bendito seas -murmuró ella mientras se daban un abrazo de despedida-. Daniel te aprecia muchísimo. No pensó en nadie más para dar ese curso.
– Me alegra saberlo. Tu marido es muy fuerte. Superará todo esto y se encontrará mejor que nunca.
– Espero que tengas razón.
– Sé que la tengo. Llamaré por la mañana para ver cómo está.
– Hazlo, por favor. La operación está prevista para las seis de la mañana.
– Bien. Acabará antes de que te des cuenta.
Gideon dejó el hospital y se dirigió a su casa, en Ocean Beach. De camino, llamó a su supervisor para ver qué podía hacerse con su horario.
Desde su divorcio, cuando Kevin tenía tres años, el miércoles era el día designado para que Gideon visitara a su hijo entre semana. La sentencia judicial también le permitía pasar con él uno de cada dos fines de semana, un día de fiesta sí y otro no, y seis semanas cada verano.
