
Un golpe ingenioso, pero por sí mismo no constituía una ola de delincuencia, y Brunetti se encontraba aburrido y sin saber si prefería la responsabilidad del mando con la montaña de papel que generaba o la libertad de acción que su rango inferior le deparaba. Aunque tampoco podía decirse que hubiera mucho campo en el que ejercer tal libertad de acción.
Levantó la mirada al oír un golpe en la puerta y sonrió cuando ésta se abrió ofreciéndole la primera visión de la mañana de la signorina Elettra, la secretaria de Patta, que parecía haber tomado la ausencia del vicequestore como una invitación a empezar la jornada de trabajo a las diez, en lugar de las preceptivas ocho y media.
– Buon giorno, commissario -dijo al entrar, con una sonrisa que a él le recordó fugazmente el gelato al'amarena, blanco y escarlata, colores que armonizaban con las rayas de su blusa de seda. Al entrar, la joven se hizo a un lado para dejar paso a la mujer que la seguía. Brunetti, de una rápida ojeada, captó un traje de chaqueta barato de poliéster gris y corte anguloso, con una falda que, con desprecio de la moda, acababa muy cerca de unos zapatos planos, y unas manos que asían torpemente un bolso de plástico, y miró otra vez a la signorina Elettra.
