
Era consciente de que cada vez le resultaba más difícil encontrar razones para quedarse. De que su juego nocturno a la ruleta rusa en la azotea era cada vez más arriesgado. De que cada vez se asomaba un poco más al vacío. De que pronto no habría vuelta atrás. Pronto su madre tendría que coger un taxi en mitad de la noche para reconocer el cadáver hecho papilla del malnacido de su hijo.
Eran las 6.25 de la mañana. Empezaba a haber movimiento en los ascensores. El edificio por fin despertaba.
Se recuperó de su ofuscamiento y se apresuró a volver a su garita. Se sentó detrás de la mesa, se pasó las manos por la camisa del uniforme y se recolocó la gorra, listo para el nuevo día de trabajo.
Los vecinos del edificio salían por tandas. Primero los ejecutivos, con paso resuelto, ineludible traje oscuro y maletín de cuero marrón. Después llegaba el turno de los progenitores que llevaban a los hijos a la escuela. Entonces empezaban a llegar las asistentas latinas que trabajaban en los distintos apartamentos. Ya más tarde salían las mujeres casadas que no trabajaban y los jubilados. Las primeras, elegantes y maquilladas, no dedicarían una palabra al portero; los segundos le darían la lata con cualquier pretexto.
Pero sólo eran las 7.30. El turno de los padres con su prole.
Las puertas del ascensor se abrieron y salió un hombre con sus dos vástagos: un chaval de nueve años, y su hermana, Ursula, de doce. Junto con la madre, que saldría una media hora más tarde, formaban la familia feliz del 8B.
El padre saludó a Cillian con un movimiento de la cabeza y continuó veloz hacia la salida, seguido por su hijo pequeño, aún medio dormido. El pobre parecía poco avispado, sobre todo cuando el observador de turno lo comparaba con su hermana. A su lado, Ursula, con sus ojos siempre vivos, en continua investigación, tenía un aire perspicaz. La niña salió despacio, con la mirada clavada en Cillian y una sonrisa extraña; iba comiendo un pastelito de chocolate.
