Ursula se cercioró de que su padre no la miraba y, sin perder su sonrisa gamberra, aplastó el pastel de chocolate contra la pared y dejó una mancha enorme en el mármol. Acto seguido, sacó la lengua a Cillian y se catapultó hacia fuera, hasta su familia.

Cillian ni se inmutó. Esperó a que los tres desaparecieran de vista y, con calma, sin que su rostro reflejara ninguna emoción, abrió el armario empotrado en la pared, detrás de la garita, y cogió un trapo y un cubo. El pequeño acto vandálico de la niña no parecía haberle afectado. Lo aceptaba con la misma resignación con la que uno acepta algo tan inevitable como una nevada.

– ¿Los tienes?

Levantó la mirada, sorprendido. Ursula había regresado, estaba delante de la garita, tenía la mano extendida hacia él y miraba hacia la calle.

– Venga, rápido -lo instó la niña.

Cillian no se movió, intentaba adivinar las intenciones de la pequeña antes de actuar. Parecía nerviosa por la posible aparición de su padre, pero no perdía su actitud desafiante.

– No te conviene hacerme perder el tiempo -le amenazó.

El portero, entonces, sacó su cartera del bolsillo y, con la misma resignación, extrajo unos billetes. La niña miró el dinero con avidez y se lo arrancó de las manos justo antes de que su padre se asomara desde la calle.

– ¡Ursula! ¿Vienes o qué?

Ursula se giró de espaldas a la puerta y ocultó los ochenta dólares al padre. Metió despacio la mano en el bolsillo del abrigo, escondió el dinero y sacó su bufanda.

– Está aquí, la encontró Cillian -dijo la niña enseñando la prenda a su padre. Ursula miró al portero, a la espera de que corroborara su versión.



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