Y Cillian la corroboró.

– Se había caído en el ascensor.

El padre reprochó a su hija la hora. Llegaban tarde. La niña susurró un «más te vale» a Cillian y se marchó corriendo.

No fue difícil quitar el chocolate del mármol. Cillian lo limpió con un trapo y agua caliente. Mientras tanto, el movimiento en los ascensores seguía. Llegó el turno de la señora Norman, un triste espécimen de la soledad humana. Excéntrica en su vestimenta, forzadamente extrovertida en su actitud, patética en la impresión que causaba en los demás. Salió del ascensor empujando el cochecito para bebés en el que llevaba a sus dos perras más pequeñas. La tercera, maltrecha, atada al cochecito por la correa, seguía con su mirada triste de siempre ese extravagante convoy.

Cillian se levantó de su puesto y se aproximó a la puerta de cristal que daba a la calle. La señora Norman hablaba con sus perras sólo en presencia de otras personas, como para alardear.

– Vamos, chicas. No os retraséis.

– Buenos días, señora Norman.

– Buenos días, querido. ¿Qué tiempo hace ahí fuera?

Cada mañana tenían una conversación más o menos idéntica a ésa. Pero era parte de su trabajo, y Cillian cumplía con su tarea.

– Mucho frío, me temo.

Entonces la señora Norman solía preguntar:

– ¿Crees que las chicas van lo suficientemente abrigadas?

Observó, serio, a las tres perras. Cada una llevaba un jersey y un gorrito estrafalarios pero de marca.

– Tal vez Celine lleva la barriga demasiado al aire, ¿no le parece?

La señora Norman lo comprobó, preocupada.

– Muy bien, señorita -regañó a su perrita-. ¿Qué es esto de ir enseñando el ombligo, eh? -La anciana cerró el chalequito que se había desabrochado-. ¿Qué va a pensar la gente de ti, eh, sinvergüenza? -Miró a Cillian-. Es muy presumida y no le gusta la ropa apretada. Y, sobre todo, desde que ese cocker nuevo viene al parque, no hay quien la controle. Y pensar que la semana pasada estuvo fatal del estómago por esta mala acostumbre que tiene de ir medio desnuda… pero, nada, no aprende. No hay forma.



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