
Cillian intentó sorprenderla con una reflexión que nunca le había hecho.
– Tal vez, si salieran un poco más tarde, el clima sería más clemente…
Pero la señora Norman tenía respuesta para eso.
– Te contaré un secreto, querido. Entre nosotras nos llamamos «chicas», ya sabes, pero tenemos nuestra edad. -Cillian intentó poner su mejor cara de sorpresa, aunque la revelación de la señora Norman era de lo más evidente. La anciana siguió-: Aretha no aguanta mucho por la mañana. No sé si me entiendes… cosas de la edad.
Cillian no dejó escapar la ocasión.
– Entonces no las entretengo más.
Abrió la puerta y una brisa gélida invadió el vestíbulo. A la señora Norman le habría gustado seguir charlando unos minutos más con el portero, pero no tuvo más remedio que salir a la intemperie.
A las ocho, Cillian solía abandonar la portería para comprarse el desayuno en el puesto móvil que estacionaba en la esquina. Un expreso doble y un donut que se comería en la garita, y un bocadillo vegetal con un refresco para el almuerzo. No solía cambiar de menú, tenía muy claro lo que le gustaba.
Regresó a la garita a las 8.20, con un buen margen de tiempo. Y por fin a las 8.30 las puertas del ascensor se abrieron y una carcajada inundó el vestíbulo. Cillian comprobó la hora en su reloj de pulsera. Clara, la chica pelirroja, se iba al trabajo, como cada mañana.
Como ocurría a menudo, salió del ascensor hablando por el móvil. Al parecer estaba en medio de una conversación algo frívola con una amiga, porque soltaba una risotada a cada comentario de su interlocutora. Pero eso no le impidió dedicar una sincera y cálida sonrisa a Cillian.
El portero permaneció a unos metros de ella, respetando la privacidad de la conversión de Clara pero observándola. Era una chica alegre. Parecía sentirse a gusto consigo misma y con los demás. Su constante buen humor transmitía serenidad y vitalidad.
