Finalmente colgó.

– ¡Buenos días, Cillian!

El portero se le acercó.

– Buenos días.

Tenía cosas que decirle, que compartir con ella. Pero el inoportuno regreso de la señora Norman y de sus chicas rompió el momento. La anciana golpeó la puerta de cristal para que Cillian le abriera. El portero accedió malhumorado.

Mientras tanto, Clara acabó de abrigarse. Se ajustó el gorro que recogía su tupido cabello, se dispuso a ponerse unos guantes de lana color rojo carmesí, pero se equivocó, metió la mano izquierda en el guante derecho y tuvo que volver a empezar. Era algo torpe en casi todo lo que hacía. Pero todo el mundo se lo perdonaba.

– Cualquier día nos encuentran congeladas en la calle a las cuatro -comentó la señora Norman al entrar con el cochecito y sus perras.

Cillian vio con cierta repugnancia que la saliva se le había congelado en las comisuras de los labios.

– ¿Qué tal se encuentra, señora Norman? -preguntó Clara, sonriente.

– Con mucho frío, querida. Ésta no es ciudad para viejas.

– Usted no es ninguna vieja, señora Norman. Ojalá mi madre fuera tan activa y vital como usted -la animó Clara.

La señora Norman sonrió agradecida.

Cillian volvió a acercarse a Clara, pero el momento de intimidad entre los dos peligraba irremediablemente. En presencia de otros vecinos, guardaba aún más las formas, como si en público debiera ocultar que había dormido con ella.

La chica seguía abrigándose.

– Pero ¿por qué sale tan temprano? Más tarde hace menos frío…

Cillian sonrió por la casual coincidencia entre su pregunta y la de Clara. Pensó que la conexión entre los dos era cada vez más sólida.

Por su parte, la señora Norman ya tenía ensayada su respuesta:



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