
– Te contaré un secreto, querida. La pobre Aretha, cuando se despierta por la mañana, no aguanta mucho. No sé si me entiendes; son cosas de nuestra edad.
La vecina del 8A se miró instintivamente la muñeca, pero no llevaba reloj. Miró entonces la hora en el reloj de Cillian.
– ¿Ya son las nueve menos veinte? -No esperó respuesta-. Hoy me van a matar. -Se apretó rápidamente el cinturón y se despidió. Pero al llegar a la puerta se detuvo-. Una cosa, Cillian… -Por un instante el portero temió que le dijera algo que no quería escuchar. Pero no fue así-. Se me ha atascado el grifo de la cocina… ¿Podrías echarle un vistazo?
– Pasaré esta tarde sin falta -la tranquilizó.
– Muchas gracias, Cillian. Y que tenga un buen día, señora Norman.
Clara se zambulló en el invierno. No se dio cuenta de que el cinturón del abrigo se le había desatado y lo llevaba arrastrando por la nieve de la acera.
– Una chica muy mona y educada -sentenció la señora Norman mientras entraba en el ascensor con sus perras-. Espero que no haya entendido que también yo tengo incontinencia… Qué vergüenza. Tendré que aclarar este…
Las puertas del ascensor se cerraron y la calma regresó al vestíbulo.
Cillian volvió a la garita.
A las 10.30 el cartero pasó a entregar el correo para los vecinos. Era un afroamericano alto y seco. Hiciera el tiempo que hiciese, se desplazaba siempre en bicicleta. Llegaba puntual como un reloj, detalle que Cillian apreciaba mucho. No era una persona muy habladora, y el portero, por su lado, no había hecho nada por romper el hielo. De manera que ninguno de los dos sabía cómo se llamaba el otro ni tenía ningún interés en saberlo. Su relación se basaba en lo mínimo que la profesión de cada uno de ellos les exigía. El cartero saludaba, el portero respondía al saludo, el cartero entregaba el correo, y se despedían.
Estaba repartiendo los sobres en los distintos buzones cuando del ascensor salió una asistenta latinoamericana empujando una silla de ruedas en la que iba un anciano bastante maltrecho.
