Una de las ruedas de la silla se enganchó en la puerta del ascensor. La mujer intentó liberarla con aparatosas sacudidas mientras el pobre anciano no parecía percatarse de lo que ocurría. Sufría aquel violento meneo en silencio, con la mirada ausente.

Cillian no se movió para ayudarles. Seguía distribuyendo el correo, a pesar de que la criada le llamó:

– Oiga, señor, ¿puede ayudarme?

Pero Cillian tenía la cabeza en otro sitio. Miraba atento un sobre amarillo, de papel bueno, caro. La carta iba dirigida al señor Samuelson, el vecino del 2D. Su nombre y su dirección estaban escritos con una caligrafía muy pulcra.

La mujer soltó un insulto en español, «¡Que te den, cabrón!», y desatascó la silla con un fuerte empujón.

Recolocó al anciano en la silla, pues se había desplazado hacia la izquierda, y salió a la calle sin dignarse mirar al portero, ofendida.

– Que tengan un buen día -dijo Cillian mientras salían al frío.

Ese sobre había capturado su atención. Sopesó las dos opciones que tenía y, finalmente, no metió la carta en el buzón sino en el cajón de su garita.

Y entonces lo vio. En el suelo, al lado de uno de los ascensores, había un colgante. Una cadena de oro con una cajita plateada. Al abrirla, descubrió una foto de la asistenta latina junto a dos niños pequeños. Evidentemente, se le había caído en el intento de liberar la silla de ruedas.

Se guardó el colgante en el bolsillo y se sentó dentro de la garita. Su cabeza podía retener con facilidad mucha información, pero por lo menos una vez al día debía poner las cosas negro sobre blanco. Cogió el bolígrafo y abrió su libreta negra. Las hojas estaban llenas de números y códigos. Apuntó al lado de cada piso la hora de salida de los vecinos: 5A a las 6.45; 3B a las 7.10; 8B a las 7.30; etc. Vomitó los horarios de más de veinte vecinos con absoluta precisión. Cuando llegó el turno del 8A, se detuvo. Clara tenía una página aparte, reservada para ella sola, con infinidad de detalles sobre sus salidas, regresos, horarios de cenas y notas particulares. Apuntó: «Clara a las 8.30». Y como nota escribió «sin reloj». A continuación siguió con los vecinos que habían salido después de las ocho y media.



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