Llegó el momento de la pausa para el almuerzo. Según su contrato, podía dejar la garita sin custodia durante media hora. Pero siempre comía allí; se ponía los cascos, encendía un reproductor de música, y desconectaba.

El cansancio pudo con él a los pocos minutos. El insomnio tenía el curioso efecto de provocar en su estómago una sensación de constante saciedad. No había comido ni medio bocadillo cuando se quedó dormido con la cabeza apoyada sobre su libreta negra.

Pocas veces recordaba lo que había soñado. Incluso tenía dudas de si de verdad soñaba. Estaba acostumbrado, por exigencias de su vida, a dormir muy pocas horas. Pero cuando lo hacía, entraba en un sueño profundo.

Un golpe sordo, a pocos centímetros de su oreja, le sobresaltó. Le habría despertado el simple aleteo de una mosca. Ese golpe hizo que le silbara el oído. Abrió los ojos, confuso, y sólo le dio tiempo de ver la silueta de un hombre que se alejaba hacia la calle.

Casi seguro que se trataba del vecino del 10B, un viejo viudo con malas pulgas. Probablemente había golpeado la mesa porque le había molestado que Cillian durmiera en horario de trabajo. Miró el reloj. En efecto, había superado en mucho la media hora reservada para su descanso.

Cinco minutos después, se alegró de que le hubieran despertado. Salía la vecina del 5B; un espectáculo. Era una mujer de unos cuarenta años, tres matrimonios a sus espaldas, ningún hijo, y una belleza turbadora. Esa tarde, debajo del abrigo de Valentino de doble botonadura y cuero verde, que llevaba desabrochado, lucía un espectacular conjunto de minifalda y blusa con cardigan de Jenni Kayne, que resaltaba sus formas. Un bolso messenger de Fendi y unas gafas grandes de Chanel completaban el elegante y raro cóctel de marcas.



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