Hubo una excepción a la regla.

– Necesito un favor -dijo mirando a Cillian con sus ojos azules. Esa mujer estilosa y elegante no se marchaba sin saludar: le estaba hablando y por propia iniciativa. Era un tanto altiva, sabía lo que provocaba en los hombres; sabía que con esos aires y esos ojos, nadie se negaría a ayudarla, pidiera lo que pidiese-. Los pintores han acabado y la casa huele horriblemente a pintura… He dejado las ventanas abiertas para que se ventile. Pero, por favor, si empezara a llover o a nevar, ¿te molestaría subir a cerrarlas?

– No se preocupe -respondió Cillian, y se dio cuenta de que se sentía nervioso delante de esa mujer que podría haber ocupado la portada de cualquier revista para hombres-. ¿Qué… qué tal ha quedado? -tartamudeó.

– ¡Espectacular! -contestó ella, entusiasmada-. ¡Ahora sé que todo ese infierno valía la pena! -Y, para sorpresa de Cillian, añadió-: Cuando traigan los muebles, me gustaría que subieras a tomar un té, así te enseño cómo ha quedado todo. -Abrió la puerta de la calle y, antes de salir, lo miró con su intensa mirada azul mientras decía-: Cuento contigo para las ventanas.

La observó mientras levantaba un brazo en la acera y dos taxis paraban de inmediato. Hubo cierta discusión entre los dos taxistas por quién la llevaría. Cillian, aún sorprendido por la invitación, repasó mentalmente cada frase. ¿Cabía la remota posibilidad de que estuviera coqueteando con él? Dejó la pregunta sin respuesta. Pero estaba seguro de que algo pasaría con ella. «Creo que tengo posibilidades», se dijo.

– ¡Tenemos un problema!

Cillian se dio la vuelta. Ahí estaba de nuevo la señora Norman. La imagen de la vecina del 5B seguía en su retina y la señora Norman le pareció entonces más patética que nunca.

– Seguro que lo solucionamos -afirmó Cillian.



18 из 287