– Creo que ya te conté lo de esta noche, ¿verdad?

Era el clásico truco para que Cillian le preguntara, pues no tenía ni idea de qué pasaba esa noche.

– Me temo que no, pero tal vez me falla la memoria…

– El cóctel, Cillian, el cóctel. Y sólo te digo esto: en el Plaza. No hace falta que te mencione las personalidades que asistirán…

– No, claro, no hace falta -consiguió replicar sin resultar irónico.

– Ya sabes que a mí estos eventos tampoco me gustan demasiado… -subrayó la anciana, a lo que Cillian no le quedó más que asentir-. Pero me ha invitado una amiga muy querida y, pobre, no puedo fallarle. No me lo perdonaría.

– Me parece muy correcto por su parte.

– Ya, pero el problema es que la recepción empieza a las cinco de la tarde… -La mujer hizo una pausa a la espera de que Cillian captara la naturaleza del dilema, pero él siguió mirándola sin entender-. A las cinco, Cillian… Y a las seis las chicas tienen que comer.

– Es cierto, no había caído.

– El veterinario fue categórico en eso, ya lo sabes. A su edad tienen que respetar los horarios. Sobre todo Celine, por sus problemas de sueño.

Cillian estaba casi seguro de que la fiesta en el Plaza era una invención. La señora Norman era capaz de arreglarse, coger un taxi delante de cuantos más vecinos mejor, y esconderse después en algún café, donde pasaría en soledad el tiempo que durase la supuesta fiesta.

– No se preocupe, yo me encargo -dijo sin embargo.

La señora Norman le mostró todo su agradecimiento:

– Eres un sol, ¿sabes? Pero, por favor, recuerda las medidas y la comida especial para Aretha.

No era la primera vez que Cillian se encargaba de esa tarea.

– Sí, señora Norman. La comida del sobre azul es para Celine y Barbara, no más de dos medidas para Celine. Y la comida del sobre verde es para Aretha, una sola medida.

– De verdad que eres un sol, ¿te lo he dicho alguna vez? -Cillian esbozó una sonrisa educada-. Por cierto -continuó la anciana-, he preparado un pudin. Te dejaré un plato en la mesa.



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