
Cillian se giró boca arriba, con la mirada clavada en el techo, las manos agarrrando las sábanas. Su respiración se intensificó. El latido de su corazón se aceleró y se hizo perceptible en las sienes, los dedos de las manos, el cuello. Se le secó la boca. Le faltaba aire. Aire.
Se levantó de un salto, jadeando, como si pudiera abandonar esa sensación en la cama, al lado de la pelirroja. Una pequeña tregua. La angustia volvería al rato y con un asalto más violento. Le quedaba poco tiempo. Respiró hondo para recuperarse. Y entonces arregló su lado del lecho; sin hacer ruido, meticuloso. Acercó su rostro al de ella. Sus labios besaron el pelo color cobre a la vez que susurraron: «Adiós Clara, mi pequeña».
Descalzo, salió del dormitorio.
El reloj, en la mesita de la chica, marcaba las 4.30 de la madrugada. En la misma mesita, una foto de la pelirroja abrazada a un hombre que no era Cillian.
Cillian cruzó el pasillo hasta la habitación de invitados. Allí, sobre una cajonera, estaba su desgastada mochila. Comprobó que su libreta negra seguía allí dentro. Cogió sus cosas y, empujado por la necesidad de abandonar cuanto antes ese lugar, se fue hacia el salón.
El televisor continuaba encendido desde la noche anterior, con el volumen silenciado. En el suelo, al lado del sofá, un plato con restos de ensalada de fruta. Dudó si recogerlo, pero después de considerar las eventuales consecuencias de la acción, optó por dejarlo donde estaba.
En pijama y con los pies desnudos, Cillian abrió despacio la puerta, salió sin hacer ruido y volvió a cerrar con delicadeza detrás de él.
Mientras subía en el ascensor, se fijó, cansado, en sus pies perfectos, blancos, las uñas cuidadas. Posiblemente el único detalle de su cuerpo cercano a la perfección. Se encontró con su reflejo en el espejo. Su pálido rostro, los ojos hundidos, esa constante expresión cansada que, con todo el resto, le ponía más años que los treinta que tenía. No le importaba.
