
Volvió su atención hacia el Mar de las Nubes y miró hacia arriba para tratar de distinguir la nave que se acercaba. No había resplandor de cohetes, ni reflejos de luz de la Tierra sobre el pulido metal. Vio el horizonte, tan cercano que casi se podía tocar. Y más allá la negrura de lo infinito. Sin importarle la cantidad de veces que se había enfrentado a eso, era una visión que todavía lo conmovía. Algunas estrellas brillantes podían distinguirse a través de las gruesas paredes de plástico. Los ojos de Dios, se dijo a sí mismo. Y luego agregó: ¡Idiota supersticioso!
Los tractores presurizados de la tripulación de superficie comenzaron a salir por la enorme esclusa para vehículos y a distribuirse en el área de descenso. Las luces estaban encendidas afuera, de modo que la lanzadera ya debía haber comenzado el descenso. Ahora sí, Kinsman vio una explosión de color brillante que desapareció en un abrir y cerrar de ojos. Luego otra, y el pesado y aplastado artefacto comenzó a tomar forma mientras caía como una piedra en una pesadilla, lenta pero inexorablemente, cayendo, siempre cayendo… Otra explosión de cohete, y luego otra más…
La desnuda roca de la zona de descenso bulló en una pequeña tormenta de arena, en el mismo lugar donde hacía un momento parecía imposible que hubiera algo semejante al polvo. La lanzadera descendió como un hombre gordo y viejo sentándose en su sillón favorito: lentamente, cuidadosamente y luego… ¡plop!, las patas de apoyo tocaron el suelo y se arquearon bajo el peso de la nave espacial. Se desconectaron los motores y la tormenta de polvo y guijarros se calmó.
Los tractores de la tripulación de superficie se unieron alrededor del cohete aún caliente, fieles cachorros mecánicos saludando el regreso del amo. Un tubo flexible comenzó a serpentear desde la portezuela del personal de la esclusa neumática hacia la escotilla principal de la nave.
