
Kinsman hizo un gesto para sí mismo, satisfecho por el descenso. Un nuevo grupo para una estada de noventa días, casi todos en su primer turno de obligaciones en la Luna. Al llegar llamarían a este lugar Moonbase, la designación oficial impuesta por superiores del coronel Kinsman allá en la Tierra. Al igual que los nuevos rusos llamarían a su base Lunagrad.
Pero aquellos que permanecieran en la Luna , aquellos que harían su hogar en la comunidad del subsuelo, a pesar de las protestas iniciales, llegarían a llamar a este lugar Selene. Kinsman le había dado ese nombre hacía varios años, y había quedado también entre los rusos. Los novatos que pudieran ver la diferencia entre Moonbase y Selene volverían a cumplir otros turnos de obligaciones; Kinsman se encargaría de que fuera así. Los otros no regresarían nunca más. También se encargaría de eso.
Acercándose a la portezuela interior de la esclusa neumática para uso del personal, Kinsman observó la entrada de los recién llegados. Eran ocho muchachas, hablando todas al mismo tiempo, y cuatro hombres silenciosos. Muchachos, realmente. Todos excepto el que iba delante rebotaban torpemente al tratar de caminar en la baja gravedad lunar; ése era el más seguro síntoma de recién llegados. Las muchachas tenían los ojos muy abiertos y conversaban excitadas. Era su primera vez.
Kinsman reconoció al muchacho que venía a la cabeza. Llevaba insignias de capitán en las solapas de su traje enterizo: Perry, Christopher S. El joven vio a Kinsman y lo saludó enérgica y rápidamente. Kinsman movió la cabeza en respuesta mientras el capitán Perry conducía a su fila de recién llegados a la escalera mecánica que conducía hacia abajo, hacia las áreas de vivienda y trabajo de Selene. Las muchachas lo ignoraron, siempre conversando y mirando intensamente el grave paisaje lunar.
