—Bien, ¿qué recomiendan ustedes, entonces?

El de Defensa casi sonrió. Se enderezó en su silla y se inclinó levemente hacia adelante. Comenzó a marcar los puntos con sus dedos.

—Primero, debemos incrementar nuestros propios lanzamientos de satélites por lo menos en un cincuenta por ciento. Lo ideal sería duplicar el número actual de lanzamientos. Segundo, debemos aumentar el número de satélites rusos destruidos, de otro modo nos sobrepasarán en cuestión de meses.

»Tercero, debemos prepararnos para la posibilidad de atacar sus centros de comando orbitales. Un golpe exitoso a un solo centro de comando podría inutilizar su entera red durante meses.

—¡Muy bien! —intervino el general.

Al Presidente sólo le tomó un momento darse cuenta de lo que se estaba sugiriendo. Luego su boca se abrió en un gesto de repentina comprensión.

—¿Quiere usted decir que atacaremos sus estaciones tripuladas? Eso… ¡eso implica asesinar gente!

—No necesariamente —replicó el de Defensa—. Aun si algunos técnicos rusos y cosmonautas resultaran muertos, seguramente no declararán la guerra por eso. Los pronósticos de nuestras computadoras indican menos de un cuarenta por ciento de posibilidades de que eso ocurra. Recuerden que ninguno de los dos lados ha admitido públicamente que se estén llevando a cabo operaciones militares en órbita. Además, ellos ciertamente no atacarán mientras nosotros tengamos más satélites ABM funcionando que los que ellos tienen.

—No. Es precisamente en ese momento que ellos atacarían —insistió el de Estado, con su voz normalmente plácida en un tono alto y nasal—. Lo harán cuando se den cuenta claramente de que nosotros podemos completar nuestra red ABM antes que ellos. Atacarán antes de que podamos terminarla, antes de que los tengamos a nuestra merced. Eso es lo que nosotros haríamos. Eso es lo que ustedes los del Pentágono llaman un ataque preventivo, ¿no es verdad?



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