
El general Hofstader asintió con la cabeza. El Secretario de Defensa miró con el ceño fruncido al de Estado, al otro lado de la mesa. El Presidente dijo:
—No quiero correr el riesgo de iniciar una guerra nuclear, y no quiero que nadie salga lastimado… innecesariamente.
—Señor, yo no hago esta recomendación a la ligera —dijo el de Defensa—. La seguridad de nuestra nación está en juego y…
—Lo entiendo —interrumpió el Presidente—. Pero así y todo, no quiero mancharme las manos con sangre. Pueden aumentar nuestros lanzamientos de satélites y derribar más de los de ellos, o sea sus dos primeras recomendaciones. ¡Pero no habrá ningún ataque donde se jueguen vidas humanas!
—En algún momento nos veremos forzados a hacerlo —murmuró el de Defensa.
El general agregó:
—¿Qué haremos cuando ellos ataquen nuestras estaciones tripuladas?
El Secretario de Estado se echó hacia atrás y miró el techo. El Presidente, con su voz ligeramente temblorosa, repitió:
—No habrá ataques contra vidas humanas. No por ahora, al menos.
El Secretario de Defensa asintió con la cabeza.
—Muy bien, Señor Presidente. Veamos ahora el primer asunto de la agenda, los desórdenes por alimentos en Detroit y en Cleveland…
Eran las últimas horas de la tarde en Selene. El reloj de Kinsman sobre el escritorio indicaba las 1650. Acababa de regresar a su oficina después de pasar la mayor parte del día rondando por la comunidad del subsuelo, observando a la gente mientras trabajaba, escuchando problemas y quejas antes de que se convirtieran en protestas, asegurándose de que cada uno supiera que había comunicación directa con el comandante, y que no era necesario sufrir las demoras de los canales oficiales para conseguir que se hicieran las cosas.
Su teléfono estaba sonando cuando corrió la puerta y entro a su oficina. Se dejó caer en el sofá y apretó el botón que decía ON.
