
El ceño fruncido del ingeniero se desvaneció. Sonrió.
—Entiendo. Usted quiere que dupliquemos la capacidad de la planta. Muy bien, tendrá el doble. Lo único que le pido es que deje de estar encima de mi nariz todos los días, ¿de acuerdo?
Con una risa de tranquilidad Kinsman dijo:
—¿Qué le parece si lo hago día por medio? Sabe Ernie, cuando descubrí que usted era ingeniero y además estaba interesado en plantas de agua, casi me hago religioso. Waterman: precisamente el presagio que necesitábamos para la fábrica.
—Religión —dijo el ingeniero con voz repentinamente baja y en tono serio—. Eso es lo que uno encuentra cuando descubre que puede caminar otra vez y puede hacer cosas útiles, en lugar de estar sentado en una silla de ruedas el resto de la vida—. Golpeó los soportes metálicos debajo del pantalón.
—La menor gravedad es una de nuestras atracciones turísticas —dijo Kinsman, mientras acompañaba lentamente a Waterman hacia la puerta.
El ingeniero hizo un gesto con la mano.
—No es sólo la gravedad. Es toda la actitud que reina aquí… el modo en que la gente hace las cosas. Nada de impedimentos, ni de toda esa porquería como allá en la Tierra. Nada de estar haciendo colas o pasarse el día llenando formularios. La gente aquí tiene fe en los otros.
Y esa fe los ha hecho más íntegros, se dijo Kinsman para sí. A Waterman le respondió:
—Son libres, Ernie. Tenemos suficiente espacio aquí como para ser libres.
Waterman se encogió de hombros.
—Sea lo que fuere, es como un milagro.
—¿No extraña la Tierra para nada? —preguntó Kinsman, deteniéndose en la puerta.
—¿Extrañar Pittsburgh, Pennsylvania? ¡Demonios, no! A mis dos hijas, sí. A ellas sí las extraño. Pero todo el resto… el resto es sólo hacinamiento, desde un mar contaminado hasta otro mar contaminado. Todo se está yendo al infierno con tanta rapidez, que no hay modo de detenerlo.
