
Kinsman pensó en sus últimos días en la Tierra , hacía ya más de cinco años. Su súbito deseo de ver San Francisco una vez más. La enloquecida batalla con las aerolíneas para conseguir un lugar en un avión que fuera al oeste. El golpe de ver una ciudad que él había amado convertida en una inmensa red de calles y casas sucias: las torres otrora brillantes, pudriéndose en el abandono con sus ascensores inútiles sin electricidad; los puentes herrumbrándose por falta de cuidado; la bahía sucia de casas flotantes y negra de escoria.
—¿Y usted? —preguntó Waterman—. ¿No la extraña? Usted ha estado aquí más tiempo que ninguna persona.
Kinsman evitó la pregunta.
—Yo puedo volver cuando quiera, realmente. No estoy restringido físicamente.
—Ah, sí… claro. ¿Y eso hace alguna diferencia?
El teléfono sonó.
—El deber me llama —dijo Kinsman.
Mientras el ingeniero cerraba la puerta detras de sí, Kinsman volvió al sillón. Inclinándose por sobre éste tocó el botón que decía ON junto a la red del parlante.
Una de las pantallas murales brilló, pero no apareció ninguna imagen en ella. En lugar de eso la femenina, melosa y tibia voz de la cinta de la computadora dijo:
—Coronel Kinsman, usted pidió que se le recordara que la lanzadora que trae la gente nueva es esperada a las 0930 horas. El control de tráfico confirma que la nave viaja a horario.
—Bien —dijo, y desconectó el teléfono.
Abandonó la oficina y se dirigió por el corredor hacia la escalera mecánica. Me pregunto qué haría Ernie si le dijera que deberíamos compartir nuestra agua con los rusos en caso de emergencia… ¿Renunciaría a su trabajo? ¿Avisaría inmediatamente a Washington?
