La cúpula era tan grande como una catedral moderna, e igualmente vacía. Era la estructura más grande que había en la superficie de la Luna , un símbolo del eterno espíritu de hermandad y cooperación entre los pueblos de los Estados Unidos y la Unión Soviética. Ese espíritu había muerto un poco antes de que la cúpula estuviera terminada, envenenado por un mundo ahogado por el exceso de población y la escasez de recursos.

El ruido del liviano calzado de Kinsman arrastrándose por sobre el suelo de roca fundida, era absorbido por la oscura y sepulcral cúpula. Se podía sentir el frío de la nueva noche lunar filtrándose por la roca. El techo de la cúpula también estaba hecho de rocas lunares, apoyado sobre una estructura geodésica hecha del aluminio recuperado de las agotadas etapas de los cohetes. Las paredes principales de la cúpula eran de plastiglás transparente, traído hacía años de la Tierra , valioso kilo por kilo.

Filas de tractores, orugas y otro equipo pesado estaban mudas, quietas y cada una en su lugar. Mirando a la esclusa neumática principal, el lado derecho era para el equipo americano, el izquierdo para el ruso.

Eso es sutileza política, se dijo Kinsman.

Al cruzar la cúpula Kinsman no solamente caminaba, sino que se deslizaba. Sus años en la Luna lo habían llevado a un acuerdo inconsciente entre sus piernas con músculos terrestres y la poca gravedad lunar. El resultado eran unos pasos en cámara lenta que lo hacían deslizarse casi flotando. Nada se le parecía más que el silencioso y decidido avance de un gato al acecho. En las sombras que emanaban de las débiles y muy altas luces, su cara huesuda y de mandíbula alargada, junto con las sombras de su ceño fruncido, aumentaban esa sensación de felino cazador.



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