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Domingo, 25 de diciembre
Bajo el manto de oscuridad de la noche de Navidad un bote de remos se deslizaba en silencio por un costado del Royal Mermaid, en el puerto de Miami. De la cubierta inferior lanzaron una escala de cuerda.
– Tú primero -gruñó Bala Rápida Tony Pinto, tendiéndole la escala a su compañero de crimen.
– Lo que pasa es que quieres asegurarte de que la cuerda no cederá antes de intentarlo tú -replicó en un tono gélido Barran Highbridge.
A pesar de todo se levantó tambaleándose, alzó un pie, probó la escala y empezó a subir.
– ¡Deprisa! -les apremió una voz desde arriba.
Larry el Adulador, al mando del bote, tendió una mano regordeta hacia Bala Rápida Tony-. No te preocupes, jefe. Te estaremos esperando en Fishbowl Island. Te llevaremos a tierra sin que nadie se entere y estarás libre. Intenta relajarte en el crucero.
– ¿Relajarme, escondido en un camarote con el idiota de Highbridge tres días enteros? Te dije que no quería fugarme con nadie más.
– Hemos tenido suerte de encontrar esta oportunidad -protestó Larry-. ¡Si el pobre imbécil del comodoro Weed conociera al canalla que tiene por sobrino! Para nosotros en cambio es una suerte. En cuanto la poli averigüe que es tu mujer la que lleva tu tobillera de seguridad, te van a estar buscando por todo el país.
– Desde luego que el sobrino es un canalla. Hay que ser canalla para cobrarme un millón de dólares por una estancia de tres noches.
– Quería más -le recordó Larry-. No fue fácil negociar con él.
Bala Rápida alzó la mirada y contempló en la oscuridad cómo Highbridge subía sin esfuerzo hasta cubierta y agarraba la mano que le tendían. Tony se levantó con el corazón acelerado, agarró la escala y apoyó el pie en el primer peldaño.
– Feliz Navidad -masculló amargamente. Luego se volvió hacia Larry-. Si quieres hacerme un regalo, averigua dónde esconden los federales al hijo de perra que me delató, y acaba con él.
