
Larry asintió.
– Sería un buen regalo -insistió Bala Rápida.
Eric, sudando profusamente, miraba desde arriba mientras Bala Rápida subía por la escala. Larry el Adulador le había advertido que si algo salía mal y Tony acababa en la cárcel, Eric acabaría en el fondo del mar.
Ahora vio horrorizado cómo a Bala Rápida se le caía la pistola del bolsillo al agua. Por lo menos no era culpa suya, pensó.
Por dos millones de dólares, uno por cada polizón, Eric estaba dispuesto a correr el riesgo.
Pero ahora Bala Rápida se acercaba cada vez más, maldiciendo y congestionado, hasta que por fin se aferró a la borda y dio con su corpachón en cubierta. Fue entonces cuando Eric se dio cuenta de que tal vez se había metido en camisa de once varas. Sabía que al otro tipo podía manejarlo. «Debería haberme limitado a los criminales con clase», se dijo.
– Seguidme -susurró, intentando adoptar un tono autoritario para aparentar estar al mando.
No hacía falta que les advirtiera que no debían hacer ruido. La mayor parte de la tripulación ya estaba a bordo preparando el viaje inaugural, pero era tarde Y el barco estaba en silencio.
Los dos criminales, ataviados con sudad eras con capucha y gafas de sol, siguieron a Eric por una escalera de servicio hasta la cubierta superior del barco. Eric miró el pasillo enmoquetado. No había moros en la costa. Les hizo una seña para que siguieran avanzando. Al pasar por la puerta del comodoro, a Highbridge se le cayó algo de la sudadera al suelo, y aunque la moqueta era gruesa, se oyó el golpe.
– Joder, mi neceser -susurró Highbridge.
Fue a agacharse para cogerlo y resbaló. Al intentar recuperar el equilibrio, chocó sin querer contra la puerta del comodoro, evitando por los pelos el timbre en forma de sirena.
