A Eric casi se le para el corazón. Su tío tenía el sueño ligero y solía pasarse las noches leyendo. Echó a correr por el pasillo, seguido de cerca por los otros dos, hasta detenerse delante de su camarote. Metió la llave en la cerradura con mano trémula. La luz verde se encendió, la cerradura electrónica emitió un alegre pitido y se abrió la puerta. Los dos fugitivos entraron tras él y Eric cerró con llave.

El asistente había corrido ya las cortinas de la ventana. También habían dejado un caramelo en la almohada. Tony Bala Rápida se sentó pesadamente en el sillón mientras Highbridge tiraba el neceser sobre la cama con un suspiro.

Menudos compañeros de camarote, pensó Eric. Tony, un peligroso capo del crimen, Y Highbridge, que a pesar de haber nacido en cuna de oro se había dedicado a estafar por puro amor al arte. Ambos en torno a los cuarenta y cinco años. Tony era más bien bajo, pero corpulento, un poco calvo y con la cara como si hubiera boxeado en varios combates. Highbridge, por su parte, era alto y delgado, de pelo castaño oscuro, rasgos aristocráticos y una expresión de desdén que seguramente era de nacimiento.

En ese momento llamaron a la puerta y el ambiente se electrizó en el camarote. Eric señaló el armario, donde Tony y Highbridge desaparecieron en un instante.

– ¿Eric, estás ahí? -llamó el comodoro Weed desde el pasillo.

Eric encendió la luz del baño y descolgó el albornoz para sugerir que estaba a punto de desvestirse. Con el albornoz en el brazo abrió la puerta. El tío Randolph era toda una aparición, con su pijama blanco y azul hecho a medida con un velero bordado en la solapa.

– Hola -saludó Eric con voz soñolienta.

– ¿Te importa que pase? -preguntó Weed con tono lastimero.

Eric no tuvo más remedio que abrir del todo la puerta y dejarle entrar.

– Oí un golpe en mi puerta y salí al pasillo justo a tiempo de verte cerrar tu camarote. Supongo que tú tampoco puedes dormir, ¿eh?



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